A partir del centenario de ‘La Reina de la Salsa’ y de los recientes actos de censura en la Isla, DIARIO DE CUBA conversa con su biógrafa Rosa Marquetti.
Por Diego Santana | DiariodeCuba.com, Nov 9, 2025
Hay grandes nombres, leyendas transnacionales y eternas, que siguen provocando repulsión en el oficialismo cubano, aunque el mundo rinda todos los honores a esa reina cuyo esplendor, si hubiese justicia, tendría a La Habana por epicentro.
Mientras no pocos, cubanos o no, exiliados o no, hispanohablantes o no, celebran con entusiasmo el centenario de Celia Cruz, en la Isla su figura no deja de ser incómoda para el poder que la desterró. El silencio continúa inamovible, así como la sombra que pesa en su nombre, que lleva décadas sin existir para el régimen: su voz fue borrada de la radio, su rostro de la televisión, su nombre de los libros. Pero la Reina de la Salsa brilló, con la bienaventurada pujanza de lo inevitable, y lo que no le perdonan, tal vez, es el éxito, lo que no le perdonan es haber convertido la alegría en resistencia.
Esa herida histórica es el punto de partida del trabajo de la musicógrafa Rosa Marquetti, autora de Celia en Cuba (1925–1962) y Celia en el mundo (1962–2003), este último recién publicado. Se trata de dos volúmenes monumentales que restituyen la vida y la obra de una artista que “no solo defendió los géneros de la música popular cubana”, dice Marquetti, “sino que supo adaptarlos con inteligencia y sensibilidad a los nuevos tiempos y circunstancias”.
La investigadora, que ha dedicado más de ocho años a reconstruir el universo de Celia Cruz a partir de fuentes primarias, archivos y testimonios, asegura que lo más revelador de su pesquisa fue descubrir cómo la cantante, incluso en el exilio, continuó moldeando su carácter y su arte desde los mismos valores que la definieron en Cuba: “apego a sus raíces, inteligencia, laboriosidad, sagacidad y empatía”.
“Celia no solo fue una artista excepcional —dice Marquetti—. Fue una mujer que supo abrirse paso en contextos adversos, sin renunciar jamás a su identidad ni a su ternura. Su carrera en el exilio fue una hazaña de perseverancia, pero también de lucidez”.
El peso del silencio
En la Isla, el nombre de Celia Cruz fue condenado a un silencio que marcó al menos a cuatro generaciones de cubanos. Durante décadas, su voz solo circuló en viejos vinilos, cintas clandestinas o en los recuerdos de quienes habían escuchado a la Sonora Matancera antes de 1962. Para Marquetti, ese vacío no solo mutiló la historia musical del país, también privó a los jóvenes de una parte esencial de su identidad cultural.
“La censura —explica— ha sido un estigma particular del Gobierno cubano y sus instituciones. Existe una renuencia endémica a conocer quién fue realmente Celia Cruz. Se prefiere el prejuicio, la manipulación, la demonización, antes que la verdad documentada. Esa actitud es un ‘efecto avestruz’: esconder la cabeza para no enfrentar lo evidente”.
Las consecuencias de esa negación, según la musicógrafa, aún se sienten. Muchos cubanos descubren a Celia solo cuando emigran y buscan reconectarse con lo que les fue arrebatado. “Otros, dentro de la Isla, siguen sin conocerla del todo, atrapados en la urgencia diaria y en la escasez de información veraz. Solo con la llegada de internet y las plataformas digitales comenzó a romperse ese cerco”, sostiene.
Marquetti recuerda que, cuando publicó Celia en Cuba de manera independiente, ofreció los derechos de edición para el territorio nacional. Dos editoriales mostraron interés inicial. Una desapareció sin responder, de la otra recibió la respuesta habitual: “no hay papel”. “Ese es el tipo de silencio institucional que continúa operando”, lamenta.
Un Frankenstein cultural
En una entrevista anterior con DIARIO DE CUBA, Marquetti había afirmado que “la censura ha convertido la historia de la música cubana en un Frankenstein”. Hoy mantiene esa idea, convencida de que la manipulación y el borrado selectivo de figuras como Celia Cruz han deformado la memoria colectiva.
“La censura en Cuba es ya completamente inoperante —dice—. Dolorosamente, se ha convertido en un canal drenante de viejos odios, heredados por nuevas camadas de dirigentes que, sin espíritu crítico, reproducen la misma soberbia. Se ignora deliberadamente el origen del conflicto de Celia con el Gobierno: en 1962 le prohibieron regresar a Cuba para enterrar a su madre. Esa herida fue el punto de quiebre, y su reacción fue humana, reactiva, pero también fue un parteaguas político”.
La investigadora insiste en que la censura, en este caso, ha sido “un fracaso en forma de boomerang”: “A nadie en el mundo le interesa demasiado a qué partido votaba Celia. Lo que queda es su música, su alegría, su voz como legado. Ningún otro músico cubano es tan conocido ni tan amado. Ella es la cubana más universal”.
Y añade una frase que resume el corazón del conflicto: “Parece que lo que no le perdonan es el éxito. Celia no mató a nadie, no puso bombas, no asaltó cuarteles. Pero su independencia, su cimarronaje político, su orgullo de ser quien era, eso es lo imperdonable para un Estado patriarcal y racista”.
El legado que el poder no pudo borrar
El centenario de Celia Cruz ha vuelto a poner en evidencia esa contradicción: mientras en todo el mundo se multiplican los homenajes —desde conciertos hasta la emisión de una moneda con su imagen en EEUU—, en Cuba la reacción oficial ha sido, otra vez, el silencio o la manipulación.
“Yo llegué a esperar —confiesa Marquetti— una mirada más inteligente y abarcadora por parte del oficialismo cultural. Pero ocurrió todo lo contrario. Sin embargo, entre los verdaderos hacedores de la cultura, entre artistas y ciudadanos, hubo gestos de homenaje, de respeto, de reconocimiento. Eso es lo que al final importa. La respuesta del mundo, el amor de la gente, es la prueba de dónde está el error”.
Para la musicógrafa, el legado de Celia Cruz es mucho más que una voz prodigiosa o un grito de “¡Azúcar!”. Es una lección de integridad y profesionalismo. “Ella lo logró todo con ternura en el hablar y con inteligencia al decidir”, afirma. “Su vida demuestra que se puede llegar a lo más alto defendiendo una identidad propia, una cultura auténtica, sin cerrarse al presente ni al futuro“, agrega.
En tal sentido, Celia en el mundo no es solo una biografía, es también una inmersión en el impacto de la música cubana y latina a través de la obra y presencia de Celia Cruz, así como una reconstrucción del modo en que la artista se adaptó, triunfó y se reinventó sin perder nunca la raíz.
“Celia expandió su acción más allá del ámbito musical —señala Marquetti—. Su vida interseca con la política, la industria del entretenimiento, la tecnología, la religiosidad, la moda, y la responsabilidad cívica. Fue una artista total, moderna, consciente de su tiempo”.
La diáspora y la memoria
En la reflexión de Marquetti, la historia de Celia Cruz también sirve para pensar la cultura cubana en el exilio y la preservación de la memoria. “La cultura cubana —dice— no se ancla en un solo espacio geográfico. Nuestra música está hecha de idas y vueltas, de migraciones, de asentamientos. Los músicos, dondequiera que vivan, siguen haciendo música cubana”.
Así, Marquetti critica la idea, todavía extendida en la oficialidad, de que el patrimonio material debe estar físicamente en la Isla: “Aunque sería lo natural, en nuestro caso terminaría siendo un chovinismo infantil. Las condiciones materiales, la centralización y las deficiencias de las últimas seis décadas en Cuba hacen que respiremos aliviados al saber que en archivos extranjeros o colecciones privadas se conserven elementos que difícilmente habrían sobrevivido allí”.
Como investigadora, reconoce una deuda impagable con esas instituciones y con el archivo personal de la propia Celia Cruz, al que accedió gracias a la generosidad de Omer Pardillo Cid, albacea testamentario de la artista y ejecutor de su patrimonio. “Los archivos personales hablan por sus compiladores —dice—. Revelan detalles imposibles de encontrar en otros sitios. Son, en definitiva, la historia viva”.
El triunfo de la alegría como resistencia
A más de dos décadas de la muerte de Celia Cruz, su voz sigue derribando muros. Los jóvenes cubanos —dentro y fuera de la Isla— redescubren su música con fascinación, sin prejuicios ni consignas. En ese diálogo renovado entre generaciones, Marquetti encuentra una forma de justicia poética.
“El conocimiento derribará las mentiras y las censuras —afirma—. Ya está ocurriendo. Las nuevas generaciones están descubriendo a la verdadera Celia, esa que va más allá de las pelucas, los vestidos y el grito de ‘¡Azúcar!’. La que enseñó que se puede triunfar sin odio, que la dignidad y la alegría pueden ser armas poderosas”.
Envuelta en ese triunfo, no obstante, Celia Cruz fue una mujer que nunca regresó a su Isla y su voz, con la que cantó la desharradora Por si acaso no regreso, se multiplicó en el mundo hasta convertirse en emblema. La censura intentó silenciarla; la historia terminó por devolverle el eco.
Y ese eco, como escribe Marquetti, “es el de una cubana que jamás renegó de su origen, que convirtió su exilio en universalidad y que, cien años después de su nacimiento, sigue recordándonos que la alegría también puede ser una forma de resistencia”.

