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Celia Cruz: Un símbolo universal de la cultura cubana

Celia Cruz

By Michel Hernández / oncubanews.com – October 21, 2019

La célebre cantante cumpliría este lunes 94 años.

Hoy es una fecha de gran simbolismo para la cultura cubana, entendida en toda su diversidad, en toda su expansión, en todo lo que representa para los cubanos donde quiera que hayan decidido labrar su destino.

Celia Cruz, la cantante de La Sonora Matancera, la Reina de la Salsa, La Guarachera de Cuba, la intérprete que internacionalizó hasta niveles insospechados la música popular de la isla, cumpliría este 21 de octubre 94 años. La fecha no solo es digna de celebración, sino que demuestra que Celia permanece y es uno de los edificios más sólidos de la geografía insular.

Varios medios de todo el planeta le han dedicado este lunes sus páginas a la cantante cubana con textos que hablan de la eternidad de su música, del fuego que desprendían sus puestas en escena, de las pasiones que desataba cuando subía a los escenarios, de esa vida fulgurante que llevó fuera de su país adonde nunca pudo regresar a pesar del interés que manifestó en un momento en volver a pisar la tierra cubana por motivos personales.

Celia fue una de las personalidades que cambió internacionalmente la cara de la música etiquetada como salsa. Nació en octubre de 1925 en La Habana, donde afianzó sus credenciales  a finales de los años 50  junto a la Sonora Matancera. En 1960 salió de Cuba con la orquesta para cumplir un contrato en México donde levantó una parte importante de su historia como cantante. Con ese viaje se despidió definitivamente del territorio físico de Cuba, pero no de esas raíces que alimentaron su talento y representó como pocos en todo el mundo.

Era imposible no relacionar directamente a Celia Cruz con Cuba a pesar de que en muy poco tiempo se convirtió en patrimonio universal. Ella misma resignificaba el espacio natural del que procedía y lo desparramaba en sus canciones, en sus entrevistas o en sus conversaciones más íntimas, en toda su magnitud y complejidad.

Quizá pocos cubanos de la isla, debido a la censura sobre su obra que ha impedido su difusión, están al tanto de su volcánica proyección internacional y obviamente de su galería de éxitos. Sin embargo, su nombre no ha dejado de inspirar respeto y devoción en una gran parte de los hijos de esta isla.

Celia, en medio de su expansión mundial, cuando prendía fuego a los escenarios con la prestancia del son, del cha cha chá o el mambo, actuó en Zaire con la  Fania All Star antes de la histórica pelea entre los boxeadores Muhammad Alí y George Foreman en 1974;  obtuvo un Premio Grammy  y una estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood, por solo mencionar algunos de los triunfos que conquistó en la arena mundial al ritmo de su grito tan personal: ¡Azúcar!

La cubana fue una de las luminarias de la Fania All Star, un proyecto armado por el músico Johnny Pacheco y el empresario y productor Jerry Masucci, con el propósito de difundir la música latina en Estados Unidos.

El colectivo, fundado Nueva York en 1968, vivió una trayectoria llena de momentos para la leyenda entre ellos el concierto que celebraron en el Yankee Stadium, el cual dio lugar a un disco en el que cobra protagonismo “Bemba Colorá”, uno de los temas mayores del repertorio de Celia Cruz junto a “Burundanga”, “La vida es un carnaval”, “Quimbara” o “Yerbero Moderno”.

Fueron más de 70 álbumes publicados durante cuarenta años de carrera, en los que asomaba la cabeza esa intrépida fusión de salsa y ritmos latinos interpretados con la fuerza de esa voz tropicalizada que definió a la cubana.

Con el mundo bajo sus pies,  las canciones que interpretaba no solo eran aclamadas como himnos en el circuito internacional, sino que poco a poco iban llegando a su isla y los cubanos la escuchaban con la certeza de que el tiempo siempre pone las cosas en su lugar.

No importa que los medios de difusión en la isla no tuvieran luz verde para transmitirlas, porque no han sido pocas las fiestas en las que la voz de Celia formaba parte de sus bandas sonoras, incluso uno de los temas que la llevó al Olimpo, “La vida es un carnaval, cobró nuevos bríos en la isla interpretado por Issac Delgado”.  Todos sabían que hay detrás de la voz del popular salsero también estaba Celia, quien también es una pieza fundamental  para armar ese complejo rompecabezas que es la cubanía y la identidad insular.

Más allá de la forma de pensar, del posicionamiento político, los cubanos, al menos la mayoría, saben que Celia es un punto de unión entre todos nosotros, un reflejo de lo que somos o hemos logrado ser, aunque, por diversos motivos, quizá no nos atrevemos a reconocerlo del todo.

Nada se compara con estar en medio de Nueva York o en cualquier otro lugar de este mundo y escuchar su voz en una guagua o en un pequeño negocio levantado por latinos. Ese es uno de los momentos en que más sentimos orgullo de nuestra identidad, de nuestro origen, incluso a pesar de nosotros mismos. Un momento en el que se derriban todas las barreras y comprendemos que eso que podemos llamar como la cultura cubana sobrepasa los reduccionismos, los anquilosamientos, para convertirse en un lenguaje universal, en un idioma común que nos permite sentarnos a la mesa y compartir un par de tragos desde el respeto a cualquier diferencia siempre que en ese tránsito no se haya pasado por encima de nadie para obtener algún tipo de beneficios.  Cada cubano es una isla y conoce casi siempre la cima a la que quiera llegar y en ese camino sabe que puede tener el apoyo espiritual de esas grandes figuras que como Celia identifican el pensamiento de este país en su sentido más amplio.

En el 2003 Celia Cuz  falleció a causa de un tumor cerebral. Las honras fúnebres en Nueva York prácticamente adquirieron categoría de la despedida de un jefe de estado.  Se escuchó a todo volumen la música cubana y su cuerpo fue traslado en un carro tirado por caballos blancos para que sus admiradores le brindaran el último adiós a este símbolo de la música cubana, un símbolo que en la isla necesitamos recuperar porque nos permite seguir reconstruyendo los pedazos sueltos de nuestra identidad, de la cubanía. O sea,  de todos nosotros.

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